Puntarenas, 5 de septiembre de 2012. Eran las primeras horas de una mañana que parecía transcurrir con absoluta normalidad. En el Hospital Monseñor Víctor Manuel Sanabria Martínez, médicos, enfermeros, pacientes y personal administrativo cumplían con la rutina de cualquier día. Nadie podía imaginar que, pocos minutos después, uno de los edificios más emblemáticos de Puntarenas enfrentaría uno de los episodios más difíciles de su historia.
El Hospital Monseñor Sanabria había sido concebido muchos años antes de aquella mañana.
Su diseño se remonta a 1964 y fue construido como una infraestructura hospitalaria moderna destinada a sustituir al antiguo Hospital San Rafael de Puntarenas. Finalmente, el nuevo centro médico fue inaugurado el 12 de octubre de 1973, convirtiéndose en una de las principales instituciones de atención sanitaria del Pacífico Central. La propia Caja Costarricense de Seguro Social ha documentado estos antecedentes históricos.
El edificio principal se levantaba como una imponente torre de 10 pisos, una característica que durante décadas convirtió al hospital en uno de los edificios más altos de la provincia y en una referencia visual para quienes ingresaban a Puntarenas.
Pero aquella estructura, diseñada en otra época y sometida durante décadas al desgaste propio del tiempo, tendría que enfrentarse el 5 de septiembre de 2012 a una de las pruebas más severas de su existencia.
8:42 de la mañana: la tierra comenzó a moverse
El terremoto de Nicoya alcanzó una magnitud de 7,6 Mw y tuvo su origen en la zona de subducción de la placa del Coco bajo la placa del Caribe.

La sacudida se sintió prácticamente en todo el territorio nacional y provocó daños en numerosas comunidades. Para quienes se encontraban dentro del Hospital Monseñor Sanabria, sin embargo, aquellos segundos adquirieron una dimensión completamente distinta.
La estructura comenzó a experimentar fuertes movimientos. Elementos de mampostería, cielos y otros componentes resultaron afectados, mientras en distintos sectores del inmueble aparecían señales de los efectos provocados por la violenta sacudida.
La documentación técnica de la Caja Costarricense de Seguro Social confirma que el hospital fue uno de los inmuebles que requirieron una atención prioritaria después del terremoto. El centro médico fue evacuado debido a los daños identificados y los pacientes tuvieron que ser trasladados a otros establecimientos de la red hospitalaria.
Pero hubo algo que marcó aquella jornada: la rapidez con la que el personal decidió sacar a los pacientes del edificio.


Relatos posteriores señalan que funcionarios, brigadistas y personal de apoyo ingresaron a diferentes áreas del hospital para completar la evacuación, incluso en sectores donde permanecían pacientes que no podían abandonar por sus propios medios las instalaciones.

Una reconstrucción de aquellos acontecimientos registra que la evacuación total se realizó en aproximadamente 17 minutos, mientras el personal permanecía junto a pacientes de áreas como cirugía, neonatos, pediatría y maternidad.
En medio del caos provocado por el terremoto, el objetivo dejó de ser preservar el funcionamiento normal del hospital.
La prioridad era una sola:
poner a salvo a las personas.
El edificio resistió, pero el hospital quedó prácticamente inutilizado
Con el paso de las horas comenzó una segunda etapa: determinar qué tan grave era realmente el daño.
Y aquí aparece una de las particularidades más importantes de la historia del Monseñor Sanabria.

A menudo se habla del “colapso” del hospital, pero técnicamente el edificio no se desplomó por completo durante el terremoto.
La realidad fue diferente y, en algunos aspectos, igualmente dramática.
Evaluaciones realizadas después del sismo determinaron que la estructura había sufrido daños importantes, especialmente en elementos no estructurales. Un análisis del Laboratorio de Ingeniería Sísmica de la Universidad de Costa Rica señaló que el edificio presentó daño estructural ligero y daño no estructural moderado, con afectaciones particularmente visibles en elementos de mampostería y en una viga relacionada con las escaleras principales.
La investigación técnica también destacó que parte de la mampostería de las fachadas sufrió fallas producto de los desplazamientos laterales generados durante el movimiento.

Es decir, el terremoto no necesitó derribar completamente la torre para dejarla fuera de servicio.
El edificio había soportado el terremoto, pero ya no podía funcionar con normalidad como hospital.
La decisión que cambió para siempre el perfil del edificio
Durante los meses posteriores se realizaron inspecciones, estudios y valoraciones de ingeniería.
La gravedad de los daños terminó llevando a la CCSS a una decisión que modificaría para siempre la imagen del hospital: demoler siete de los diez pisos originales.
En mayo de 2013, la Caja confirmó que los daños en esos niveles eran considerados irreversibles y que, por razones de seguridad, se procedería con su demolición.
La decisión no fue menor.
Aquel edificio que durante décadas se había levantado como un gigante sobre Puntarenas perdería la mayor parte de su torre.
Los pisos superiores que habían formado parte de la imagen cotidiana de varias generaciones comenzaron entonces a desaparecer.
La demolición no fue consecuencia de que el hospital hubiera quedado reducido a escombros el día del terremoto. Fue el resultado de una evaluación posterior y de la determinación técnica de que recuperar esos niveles no era viable bajo las condiciones existentes.
Un problema que iba más allá del terremoto
Los estudios y documentos posteriores también pusieron la mirada sobre las condiciones del sitio donde se encontraba construido el hospital.
La infraestructura estaba ubicada en una zona costera, sobre un terreno caracterizado por la presencia de depósitos de arena marina saturada, condiciones que constituían un desafío particular desde el punto de vista de la ingeniería sísmica.
Además, durante el terremoto de 2012 se documentaron fenómenos de licuefacción en sectores de Puntarenas, aunque las evaluaciones citadas por la UCR señalaron que este fenómeno no produjo asentamientos que afectaran las estructuras evaluadas.
La propia documentación de la CCSS identificó las características del terreno, el nivel freático y la ubicación cercana a la desembocadura del río Barranca como factores relevantes dentro del análisis de la infraestructura.
Así, el terremoto no solamente puso a prueba un edificio.
También obligó a reconsiderar si aquel lugar seguía siendo el sitio adecuado para mantener allí, durante las décadas siguientes, un hospital regional de la importancia del Monseñor Sanabria.
El costo de una mañana que cambió la historia
La magnitud de las afectaciones también quedó reflejada en las cifras.
En octubre de 2012, la CCSS estimó inicialmente en alrededor de ₡10.000 millones los daños ocasionados por el terremoto en hospitales y clínicas del país. De ese monto, aproximadamente ₡9.000 millones correspondían a la valoración de los daños registrados en el Hospital Monseñor Sanabria, convirtiéndolo en la infraestructura hospitalaria con mayor afectación económica dentro de aquella evaluación.
Pero las consecuencias fueron mucho más allá de una cifra.
El hospital tuvo que reorganizar sus servicios, trasladar pacientes y modificar su operación. Áreas completas quedaron temporalmente fuera de funcionamiento.
Los quirófanos, por ejemplo, permanecieron afectados durante meses y posteriormente fueron rehabilitados como parte del proceso de recuperación de los servicios. Para agosto de 2013, la CCSS había informado que se preparaba la reapertura de siete quirófanos y que la institución había invertido más de ₡2.814 millones en mejoras de infraestructura desde el terremoto.
El final de una torre y el comienzo de otra historia
La imagen del Hospital Monseñor Sanabria cambió para siempre después del 5 de septiembre de 2012.
De los diez pisos originales, finalmente quedaron tres.
Lo que alguna vez fue una de las estructuras hospitalarias más altas del país terminó convertido en el símbolo visible de las consecuencias que puede provocar un terremoto incluso cuando una edificación no colapsa completamente.
Pero quizá la imagen más importante de aquella jornada no fue la de las paredes dañadas ni la de los pisos que posteriormente serían demolidos.
Fue la de los trabajadores del hospital evacuando pacientes mientras ellos mismos enfrentaban el temor de permanecer dentro de una estructura severamente afectada.
Aquel día, médicos, enfermeros, técnicos, funcionarios administrativos, brigadistas y equipos de emergencia tuvieron que tomar decisiones en cuestión de minutos.
Y lo hicieron con una prioridad que quedó registrada en la memoria institucional del centro médico:
salvar vidas antes que salvar el edificio.
El terremoto terminó marcando el principio del fin de aquella torre de diez niveles, pero también abrió el camino hacia una nueva etapa para la atención hospitalaria de Puntarenas.
Años después, la respuesta a aquella tragedia sería la construcción de un nuevo Hospital Monseñor Sanabria en Barranca, en un proceso que buscó dotar a la región de una infraestructura moderna y acorde con las necesidades futuras de su población.
Catorce años después
El 5 de septiembre de 2012 no fue simplemente el día en que un terremoto de magnitud 7,6 sacudió Costa Rica.
Para Puntarenas fue el día en que uno de sus edificios más reconocibles recibió una herida que jamás pudo ser reparada por completo.
El Monseñor Sanabria sobrevivió a la sacudida.
Pero nunca volvió a ser el mismo.
Sus siete pisos superiores desaparecieron años después, no bajo el golpe instantáneo de la tierra, sino bajo el peso de los estudios técnicos que determinaron que ya no era seguro ni viable conservarlos.
Y mientras aquella torre perdía altura, la historia del hospital continuaba.
Porque un hospital no son únicamente sus paredes, sus columnas o sus pisos.
Son las personas que trabajan en él, los pacientes que llegan buscando ayuda y las generaciones que han encontrado allí atención en algunos de los momentos más difíciles de sus vidas.
Por eso, cuando cada 5 de septiembre Puntarenas recuerda aquel terremoto, también recuerda una mañana en la que la tierra se movió con una fuerza extraordinaria, un edificio quedó gravemente herido y cientos de personas tuvieron que abandonar rápidamente sus instalaciones.
El gigante de Puntarenas no cayó aquella mañana.
Fue herido. Y su historia cambió para siempre.
El nuevo Monseñor Sanabria
La nueva infraestructura representa una diferencia considerable frente al edificio que durante décadas atendió a la población puntarenense.
El complejo hospitalario cuenta con aproximadamente 74.759 metros cuadrados, 350 camas, 12 salas de operaciones y 64 consultorios, además de una serie de servicios especializados.
La CCSS lo incorporó entre las grandes obras nuevas entregadas y puestas en operación durante este proceso de renovación de infraestructura sanitaria.
La nueva sede también permite ampliar la capacidad para procedimientos y servicios que anteriormente tenían limitaciones importantes.
Entre los servicios desarrollados en esta nueva etapa se encuentran áreas especializadas como quimioterapia y otros servicios destinados a fortalecer la atención de pacientes de la región.
La transformación también se ha reflejado en la atención de enfermedades complejas y en la incorporación progresiva de nuevas capacidades médicas.
De una torre de diez pisos a un hospital para el futuro
La historia del Hospital Monseñor Sanabria puede resumirse en tres fechas que marcaron diferentes generaciones.
1964: comienza la historia de la infraestructura que posteriormente se convertiría en el hospital que Puntarenas conocería durante décadas.
12 de octubre de 1973: se inaugura oficialmente el Hospital Monseñor Víctor Manuel Sanabria Martínez.
5 de septiembre de 2012: un terremoto de magnitud 7,6 Mw cambia radicalmente el destino del edificio.
31 de enero de 2025: comienza una nueva etapa con la entrada en operación del moderno hospital en Barranca.
Entre una fecha y otra transcurrieron más de seis décadas de historia.
Décadas durante las cuales miles de personas nacieron en sus instalaciones, recibieron atención médica, fueron operadas, llegaron por una emergencia o acompañaron a un familiar.
Por eso, hablar del antiguo Hospital Monseñor Sanabria no es hablar únicamente de concreto, acero, paredes y pisos.
Es hablar de memoria.
Catorce años después
Este 5 de septiembre de 2026 se cumplen 14 años del terremoto de Nicoya.
Para muchas personas, aquel día permanece en la memoria por la intensidad del movimiento, el temor y la incertidumbre que provocó.
Para Puntarenas existe además otra razón para recordarlo.
El terremoto cambió para siempre uno de los principales símbolos de su sistema de salud.
El antiguo edificio no desapareció de un momento a otro ni colapsó completamente aquella mañana.
Resistió el terremoto, pero quedó profundamente afectado.
Los daños, las evaluaciones posteriores y las necesidades de funcionamiento llevaron finalmente a la demolición de siete de sus diez pisos y a una larga etapa de adaptación y rehabilitación.
Años después, aquella historia desembocaría en una nueva infraestructura hospitalaria.
Hoy, el nuevo Hospital Monseñor Víctor Manuel Sanabria Martínez funciona en Barranca y representa la continuidad de un servicio que comenzó mucho antes de que la tierra se estremeciera en 2012.
El edificio cambió.
La ciudad cambió.
La tecnología médica cambió.
Pero permanece intacta la razón fundamental por la que aquel hospital fue construido hace más de medio siglo:
atender a la población de Puntarenas y del Pacífico Central.
Y así, 14 años después de aquel terremoto, la historia del Monseñor Sanabria no termina con los pisos que fueron demolidos.
Continúa en las nuevas instalaciones de Barranca, donde una nueva generación de pacientes y profesionales de la salud escribe ahora el siguiente capítulo de una historia que comenzó hace más de 60 años.

